Uno cuando se hace mayor olvida la ilusión que le hacía levantarse por las mañanas y encontrar regalos tras un año portándose bien por miedo a un trozo dulce de carbón. Esa ilusión vuelve a ti cuando ese día lo vives a través de los ojos de los más pequeños. En mi caso esa ilusión vuelve gracias a mis dos sobrinos, ver su reacción cuando les dices que deben esperar a que venga la Yaya: por un lado, miran con deseo las cajas sin poder abrirlas y, por otro, te miran con deseo de aprobación ante la inminente trampa de rasgar un poco el envoltorio para ver que hay. Luego se lanzan y destrozan los papeles que cubren esos juguetes deseados.

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Los pajes en la cabalgata de Alcoy

En mi caso los Reyes Magos no me traen regalos, no al menos regalos materiales. No, no se piensen que es porque me porto mal, se debe a que en mi casa tradicionalmente los regalos se hacen en Navidad. Como normalmente el tiempo me impide preparar todos los regalos para que Papa Noel los reparta desde hace años soy yo el rey mago republicano de mi casa, me pongo mi capa de rey mago y preparo los regalos para todos los miembros de mi familia. De esta manera el día de reyes magos es el día en el que yo consigo ilusionar al resto con mis regalos (primer auto-regalo) y, continuando con lo  que hice el año pasado, en vez de hacerme un regalo a mi mismo ese dinero lo destino a una ONG (segundo auto-regalo). Maravillosos regalos ¿verdad?

Pero este día de Reyes Magos, como todo en la vida, tiene otras caras, otras imágenes que por injusticia siguen siendo la actualidad de los diarios: los niños que no tienen la suerte de mis sobrinos o la mía. La imagen de niños y niñas que tienen que pasar sus días cálidos de navidad en un frío hospital y que la llegada de los reyes magos (gracias a organizaciones no gubernamentales, en muchos casos) les da un descanso en un duro momento por el que ningún niño ni padre debería pasar. La imagen de niñas y niños que lamentablemente carecen de los mismos recursos que permiten a muchos tener árboles donde recoger regalos…

La infancia debería ser una etapa vital muy feliz y nosotros, adultos, deberíamos enseñar a nuestros niños y niñas a ser capaces de valorar lo que tienen, lo que no tienen otros y a ser generosos. Es importante que sepan que no es mas feliz el que más tiene sino el que menos necesita y que la felicidad no radica en lo más material, aunque tal vez es muy pronto para que sepan algo que incluso a los adultos nos cuesta entender o se nos olvida a menudo.

Pensando en todo esto y tras leer a mi amigo Antonio Ariño contando en Facebook una pequeña historia de su pasado, de su infancia, he recordado este poema que escribió Miguel Hernández y que todo el mundo debería recordar un día como hoy, en el que la generosidad y la ilusión deberían ser los protagonistas.

“Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraba los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.”

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